En Lucas 22:19-20, Jesús tomó el pan y la copa delante de Sus discípulos. Habló de Su cuerpo entregado y de Su sangre derramada. Luego dijo: “Haced esto en memoria de mí”.
La cena no nos llama a recordar una idea lejana. Nos pone delante de Jesús y de lo que Él entregó por nosotros.
El pan señala el cuerpo herido. La copa señala la sangre derramada. En aquella mesa, antes de la cruz, Jesús mostró a Sus discípulos que Su amor pasaría por la entrega de Su propia vida.
Recordar la cruz nos ayuda a mirar el corazón con más verdad. Muchas veces nos distraemos, nos endurecemos por dentro, nos acostumbramos a la fe y seguimos como si el sacrificio de Cristo fuera solo una información conocida.
Pero la cruz confronta el orgullo. Nos recuerda que necesitamos perdón. También despierta gratitud, porque Jesús se entregó por personas reales, con pecados reales, con fallas que Él conoce por completo.
Cuando la cruz vuelve al centro, la fe deja de ser apariencia. El corazón se acerca a Jesús con reverencia y confianza. La cena nos ayuda a recordar que fuimos alcanzados por un amor que tuvo un alto precio.
Cada día, necesitamos volver a ese lugar. La cruz nos mantiene cerca de Jesús porque nos recuerda quiénes somos delante de Él y cuánto fuimos amados por Él.
Oración
Señor Jesús, gracias por Tu cuerpo entregado y por Tu sangre derramada por nosotros. Guarda nuestro corazón de la distracción y del orgullo. Ayúdanos a permanecer cerca de Ti con gratitud y reverencia. En el nombre de Jesús, amén.