En Lucas 5:12-13, un hombre lleno de lepra se acerca a Jesús y dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.
Aquel hombre no cargaba solo una enfermedad en el cuerpo. También cargaba aislamiento, rechazo y el peso de ser visto como alguien impuro. Su dolor era público, pero también había un dolor escondido en el corazón.
Jesús podría haber respondido desde lejos. Tenía poder para sanar con una palabra. Pero el texto dice que Jesús extendió la mano y lo tocó.
Ese toque revela la compasión de Cristo. Donde muchos veían contaminación, Jesús vio a una persona sufriendo. Donde muchos guardaban distancia, Él se acercó con misericordia.
También hay áreas en nosotros que intentamos esconder. Culpa antigua. Vergüenza. Pecados que nos hieren. Miedos que parecen pequeños para otros, pero pesan dentro de nosotros. A veces imaginamos que Jesús se va a alejar cuando todo eso salga a la luz.
Pero Él ya conoce nuestro dolor. Sabe dónde estamos quebrados. Y aun así llama el corazón a acercarse.
La respuesta de Jesús fue sencilla: “Quiero: sé limpio”. La sanidad empezó cuando aquel hombre dejó de esconderse y fue a Cristo como estaba.
Hoy, acércate a Jesús con verdad. Él no desprecia a quien viene quebrado delante de Él.
Oración
Señor Jesús, toca aquello que todavía duele en nosotros. Purifica nuestro corazón y enséñanos a confiar en Tu misericordia. Recíbenos como estamos y condúcenos más cerca del Padre. En el nombre de Jesús, amén.