La lepra marcaba el cuerpo y apartaba a la persona de la convivencia. Quien cargaba esa enfermedad también cargaba vergüenza, soledad y miedo.
Naamán tuvo que bajar al Jordán. El hombre leproso en Lucas 5 tuvo que acercarse a Jesús. En cada historia, el dolor visible revelaba una necesidad más profunda.
En Isaías 53:5, la Palabra señala el sufrimiento del Siervo del Señor y dice que por Su llaga fuimos curados. Esa sanidad nos lleva a la cruz. Allí Jesús cargó el peso del pecado y abrió el camino de regreso al Padre.
Podemos pedir sanidad para el cuerpo. Dios escucha el clamor de quien sufre. Pero también necesitamos permitir que Cristo toque lo que está escondido dentro de nosotros. Hay heridas que no se ven por fuera, pero enferman el alma por dentro.
Culpa, orgullo, miedo, pecado guardado y distancia de Dios necesitan ser llevados a Jesús con verdad. Él no desprecia a quien se acerca quebrado. Recibe el corazón que ya no quiere esconderse.
La sanidad más profunda empieza cuando dejamos que Cristo trate nuestra vida delante del Padre. Su perdón limpia lo que no podríamos resolver por nosotros mismos.
Hoy, pídele al Señor que alcance tu corazón. Entrégale lo que todavía necesita ser purificado.
Oración
Señor Jesús, sana nuestro corazón. Perdona nuestros pecados, limpia nuestra vida y acércanos al Padre. Toca lo que todavía cargamos en silencio y enséñanos a confiar en Tu misericordia. En el nombre de Jesús, amén.