Romanos 10:1-4 presenta a personas celosas de Dios, pero incapaces de reconocer la justicia que Él ofrece en Cristo. Pablo no describe una falta de interés religioso. El celo estaba presente. El problema era un corazón que intentaba construir delante de Dios una posición basada en su propio desempeño.
Esta actitud puede aparecer de manera silenciosa. Oras y esperas ser escuchado porque cumpliste con tu rutina. Ayudas a alguien y sientes que acumulaste algún crédito espiritual. Después de fallar, evitas orar porque piensas que necesitas mejorar antes de volver al Señor. La relación con Dios comienza a parecer una negociación interior.
Pablo dirige nuestra mirada hacia Cristo, porque la justicia que necesitamos delante de Dios no nace del esfuerzo humano. Se recibe por la fe. Desde esa confianza, la obediencia encuentra su lugar. Puedes servir, corregir tu camino y buscar una vida santa sin convertir esas acciones en una exigencia dirigida al Señor.
Examina hoy aquello que sostiene tu seguridad espiritual. Cuando aparece la culpa, ¿te escondes o te acercas a Cristo? Cuando haces algo bueno, ¿esperas que Dios te lo pague con Su favor? La gracia confronta nuestro orgullo y recibe nuestro cansancio. Descansa en la obra de Jesús. De ella nace una obediencia agradecida.
Oración
Señor, libra mi corazón de confiar en mis propios méritos. Enséñame a descansar en la justicia que recibo en Cristo y obedecer con gratitud, sin intentar comprar Tu favor. En el nombre de Jesús, amén.